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Antes o después

Puede que finalmente no sea Apophis, pero como ya dijo Arthur C. Clarke en 1993 en el prólogo de su novela El Martillo de Dios:

Todos los hechos situados en el pasado han sucedido en los momentos y lugares indicados; todos los situados en el futuro son posibles. Y uno es seguro: tarde o temprano, toparemos con Kali.

Arthur C. Clarke – El Martillo de Dios

Cánticos de la lejana Tierra – Arthur C. Clarke

canticoslejanatierra

Mira que le tengo aprecio a escritores como Neil Gaiman o Tim Powers, pero si tuviese que elegir a un autor predilecto, ese sería Arthur C. Clarke.

Solo Clarke es capaz de unir de forma tan exquisita la ficción científica más realista y visionaria con un toque de melancolía y poesía romántica que en varios pasajes de Cánticos de la lejana Tierra llega a ser abrumadora, y no por los personajes, que los que hayan leído a Clarke ya sabrán que suelen ser bastante planos, sino por los momentos de gran trascendencia en los que sumerge sus tramas, afectando no solo a unos individuos concretos, sino a toda la humanidad.

Sabía que jamás podría escapar de la tragedia que había acechado a más de cuarenta generaciones y que había culminado durante su propia vida. En ese primer día le rondaba un temor persistente. Ni siquiera la promesa y el misterio de ese bello mundo oceánico que flotaba bajo la Magallanes podía mantener a raya este pensamiento: ¿qué imágenes acudirán a mi mente esta noche, cuando cierre los ojos en mi primer sueño natural después de doscientos años?

Al igual que en El fin de la infancia, otra de sus obras más hermosas, Clarke sitúa a la humanidad al borde de la extinción, pero esta vez por causas naturales, y profundiza a lo largo de varios pasajes en los logros y miserias de una humanidad, que plenamente consciente de su cada vez más cercano e inexorable final, realiza un último y titánico esfuerzo por escapar de la tragedia, aunque simplemente sea dejando testimonio de su existencia a las estrellas. Ese aire trágico y nostálgico acompañará a los últimos supervivientes de la Tierra en su odisea espacial, dejándonos capítulos de una belleza abrumadora.

Para legiones de espectadores, el concierto era un recordatorio de cosas que nunca habían conocido, cosas que pertenecían a la Tierra. El lento repique de potentes campanas, elevándose como humo invisible desde las torres de viejas catedrales; el canto de pacientes barqueros en lenguas perdidas para siempre, mientras remaban contra la marea para volver a casa con las últimas luces; las canciones de ejercitos que marchaban hacia batallas que el tiempo había despojado de dolor e ignominia; el murmullo combinado de diez millones de voces cuando las grandes ciudades despertaban para saludar al alba; la fría danza de la aurora sobre vastos mares de hielo; el bramido de potentes motores subiendo por el camino que conducía a las estrellas. Todo esto se oía en la música que brotaba de la noche: los cánticos de la lejana Tierra a través de los años luz.

Lo inevitable

Todos los sucesos ubicados en el pasado ocurrieron en los tiempos y lugares indicados; todos aquellos ubicados en el futuro son posibles. Y uno de estos es seguro: más tarde o más temprano nos encontraremos con Kali.

Del prologo de El martillo de Dios, de Arthur C. Clarke.


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